LA SOMBRA DE K
Cuento
La noche aciaga que me envolvía de pronto me transportó, como el viento otoñal
a la hoja seca, a un mundo distinto, lleno de casas pobres, lleno de silencios,
lleno de pacifismo aparente, donde sólo lejanamente se escuchaban los
lastimosos ladridos de los perros; no existía casi el ambiente bullicioso de
estos días. Los moradores hablaban de campo, de brujerías, de malos gobiernos,
de nimiedades cotidianas; no de ciencia, de euros, de Internet, de
globalización, de liberalismo femenino, ni de democracia, como se estila en la
actualidad.
Al principio percibí un denso humo en el cual vagaban sombras fantasmales, como
almas en pena en el purgatorio, un mundo similar al relatado por el florentino
Dante Alihieri en su Divina Comedia. Ahí vi al hombre que tres días antes lo
encontré sentado en la banqueta de mi casa, a un costado de un pozo viejo. “No
sea usted malo, regáleme un poco de agua”, me dijo. Sus labios estaban resecos
como si no hubiese probado líquido alguno durante varios días. Entré y serví un
vaso con agua. Al salir, la imagen humana se había esfumado. Jamás lo volví a
ver hasta ahora que lo encontré de un modo extraño no sé en qué mundo, porque
ni yo mismo sabía en donde me encontraba. Ignoraba si la vivencia que
experimentaba era real o ficticia. Disipado de humo un poco el ambiente, me
acerqué al extraño personaje y le pedí que me diera explicaciones. Me miró y me
sugirió silencio con el conocido ademán de poner un dedo sobre los labios.
Volteó por todos lados y me habló en voz baja, casi en susurro, para decirme
que el sitio donde nos encontrábamos no tenía importancia, “lo importante es
que estás aquí”, me calmó. Luego agregó: “de aquí en adelante tú serás mi
sombra” Juro que sentí más miedo y me negué rotundamente a aceptar semejante
proposición. Le expliqué que no podía aceptar extraña propuesta porque tenía
mucho quehacer. “Para qué te matas trabajando si bien sabes que la vida es sólo
una ilusión”. “Así es”, le respondí; “de ilusión quiero vivir”, le quise
presumir. Pero él remata la conversación: “vivirás una ilusión siendo mi
sombra”.
Quise abandonar a ese raro ambiente y regresar al punto de partida, pero nunca
encontré camino alguno. Caí con mayor peso en aquel mundo enigmático, adonde
había llegado mediante un acto de entumecimiento nocturno, como si por un
momento regresara al pasado a través de un túnel del tiempo, pero tal hecho no
había ocurrido, pues realmente nunca sentí introducirme ni viajar por un túnel.
Sencillamente me encontraba con gente campirana, sin preparación académica; se
dirigían y actuaban fundamentados en el sentido común, en las experiencias
cotidianas de sus vidas. Los hombres vestían ropa de manta y las mujeres se
cubrían con refajos a manera de faldas. Hablaban náhuatl. “Tienes que aprender
esta lengua para entendernos mejor”, me recomendó.
“Ven”, me dijo y me tomó de la mano. “Te invito a recorrer mi pueblo”. De
repente sentí despojarme del peso corporal y, más liviano que una pluma, sentí
que me encontraba suspendido en el aire. Pero el personaje, quien dijo llamarse
Kosen –pero que le gustaba que lo llamaran simplemente K-, caminaba normal en
tierra firme. Ya no me sentía extraño. Me había acostumbrado. Y lo más
lamentable era que ya no extrañaba a mi mundo real. A pesar de mi liviandad y
la sensación de flotar en el espacio, sentía que era parte de las
circunstancias, de esa gente, de ese pueblo extraño pero normal, donde lloraba
y reía, hablaba náhuatl pero nadie me escuchaba, cantaba, gritaba... me di
cuenta que no era más que aire, canto, risa, sombra. La sombra de K.
* * *
Como sonidos celestiales retumbaron en mis oídos lejanos campaneos cuyos ecos
parecían prolongarse espiralmente en los profundos recovecos de los tímpanos.
“He aquí el campanario más hermoso del planeta”, me indicó K, señalando con el
índice derecho a una alta y tosca torre de una iglesia reducida. Me mostró que
ahí colgaban tres viejas campanas, de grande a pequeña, sucesivamente. Seguían
sonando por manos invisibles, mientras que iniciaba un pequeño hormigueo de
gente que se santiguaba a la hora de cruzar el umbral del edificio religioso. A
lo lejos, la mayor de las campanas mostraba un badajo con bastantes hendiduras
formadas por su viejo y constante uso, campana prieta, sin pintura, sólo
plateada en el interior donde se golpeaba cotidianamente el gran corazón
metálico. Las dos más presentaban el mismo aspecto, pero todas emitían un
sonido extraordinario, con reverberaciones prolongadas, como si cada onda
buscara colocarse en el espacio infinito del universo.
Me dio curiosidad de seguir escuchando los sonidos celestiales. K sonrío. En
ninguna parte había escuchado tañeres semejantes. Volvió mi curiosidad y tuve
que preguntarle a mi anfitrión el origen de tales instrumentos sonoros. “Esas
campanas no se compraron en ninguna parte”, explicó. “Llegaron de la nada, de
la incógnita, del misterio”. Por su boca, me enteré que las campanas habían
llegado al pueblo a través de una fuerza descomunal soportada por unos Itzkuaunme,
una especie de ave gigante. Cuatro campanas eran en total que aquellos
monstruos alados habían traído de sitios desconocidos. Tres las instalaron en
la torre de la iglesia y la otra la dejaron enterrada en las faldas del cerro
Tepoztecatl, que estaba al sur del pequeño poblado. K notó el aire de
incredulidad que se dibujó en mi rostro y fue por eso que me dijo que de los
hechos existían pruebas. Sin pedírselo, me condujo a un área rural totalmente
abandonada, llena de silencios; sólo un ligero aire acariciaba los arbustos y
las flores blancas que adornaban el camino sinuoso por el cual caminábamos.
Después empezó a recoger pedacitos de piedra de obsidiana y me los mostró, sin
decir palabras. ¿Qué con eso?, le interrogué. “Eran huesos de los que transportaron
las legendarias campanas”. Dijo que los fragmentos de sus huesos se encontraban
regados por todos lados del pueblo merced a que los monstruos frecuentemente se
enfrascaban en prolongadas batallas en pleno vuelo y muchas veces se destruían
en esas luchas aéreas.
Jamás nadie los pudo contemplar porque los Itzkuaunme eran entes nocturnos. La
faena para traer las campanas la realizaron de noche. La fuerza descomunal de
los gigantes permitió con facilidad transportar los compactos hierros sonoros
traídos quién sabe de dónde, con un peso de varias toneladas.
Hace poco este pueblo sufrió un pavoroso temblor cuyos movimientos oscilatorios
y trepidatorios derribaron sin compasión dos campanas. Una de ellas era la más
grande. Después de remodelar la torre, se reunieron los hombres más fornidos
del pueblo para colocar de nuevo en lo alto ese enorme instrumento sonoro. Pero
el intento fue en vano: los hombres cayeron fatigados y la campana seguía en el
suelo, vencida totalmente por su inmenso peso. Por el cansancio producido por
una fuerza excesiva, los hombres cayeron muertos de sueño. Al día siguiente el
pueblo despertó absorto y jubiloso: las dos pesadas campanas de nuevo lucían en
su lugar, dispuestas una vez más a sonar en el alto campanario.
La gente de afuera que ha visitado al pueblo –seguía explicando K- se ha
maravillado por esos tañeres preciosos y hechizantes. Ha habido turistas con
muestras de querer comprar las campanas; se han acercado a los sacerdotes en
turno, a los sacristanes..., pero las campanas no son de la Iglesia, sino de
todo el pueblo. La que han querido vender es la que está enterrada en las
faldas del Tepoztékatl, pero su encuentro ha sido inútil. Las autoridades
eclesiásticas y los representantes civiles han hecho concursos entre los
jóvenes más curiosos e inteligentes para buscar la enigmática campana. A causa
de esos propósitos, actualmente las pendientes iniciales de ese cerro se
encuentran escarbadas y exploradas, pero jamás se han encontrado indicios de
los instrumentos buscados.
Una vez unos jóvenes se organizaron y se acercaron al sacerdote del pueblo.
Platicaron acerca de la misteriosa campana enterrada. El párroco les aseguró
que, en efecto, la campana se encontraba en las faldas del cerro, sin precisar
el sitio exacto. Los jóvenes, curiosos e impulsivos, pagaron un monto previo al
clérigo y luego se trasladaron al rincón de Tepoztekatl. Pasaron treinta días
buscándola, pero al final nada encontraron, a pesar de que recorrieron casi
toda el área del cerro. Regresaron furiosos sobre el sacerdote, éste les
solicitó calma y les dijo que el que encontraría el objeto sonoro sería una
persona devota y henchida de fe, de lo contrario –les explicó- nunca darían con
ella. Ustedes saben bien –siguió el clérigo- que de los Itzkuaunme nadie duda;
si ellos alguna vez comunicaron al pueblo de que ahí guardaban una campana, ese
instrumento debe estar allí. Lo que ocurre es que no han de estar de acuerdo
que la campana se vaya de este pueblo o ustedes mismos carecen de fe…
“Adelante, muchachos, sigan buscando”.
Mientras K me hacía esta plática, yo me fui aproximando a la entrada de la
iglesia. Había un círculo de luces alrededor del altar mayor en cuyo centro
colgaba una enorme cruz y encima de la cual la efigie de un cristo. Me quise
persignar frente al crucifijo pero K me impidió hacerlo. “No, no lo hagas”,
exclamó. ¿Por qué?, le pregunté. “Dios también es una ilusión”, me respondió.
Le dije que ello no podría ser posible: “yo, aunque poco, he leído la Biblia”,
le expliqué. ¿Para ti qué es dios entonces?, le interrogué. Su respuesta se
hundió en el silencio porque en ese instante llegó a nosotros un intenso olor a
incienso y se dejó escuchar lejanamente un rumor avispero de oraciones. En
seguida sonó estruendosamente la enorme campana cuya resonancia sentía
estremecer mi corazón y los objetos que se encontraban en nuestro alrededor,
segundos después sonó la pequeña y por último se escuchó el tañer de la
mediana. K quería explicarme algo pero en eso apareció un grupo de gente con un
pequeño féretro al hombro, que de inmediato me hizo pensar que el muerto era un
niño por el tamaño del ataúd. Quise santiguarme de nuevo al pasar cerca de
nosotros la comitiva fúnebre pero K me detuvo otra vez. Me indicó que no era
necesario hacerlo “porque morir aquí es como caer una hoja de los árboles: es
algo muy normal”. Explicó que tan sólo en quince días habían muerto cerca de
veinticinco personas, entre mujeres hombres y niños. Y no era a causa de una
epidemia sino la gente sencillamente así moría: “así como nacen todos los días,
en cualquier momento mueren así también”, dijo. “Que dios los tenga en su
gloria”, expresé santiguándome. K sonrió en tono de burla e insinúo que era yo
ingenuo: “los muertos muertos son y no tienen otro objetivo más que convertirse
nuevamente en tierra”.
Dios –siguió explicando- es el creador del universo y hasta ahí. Todo lo que
ocurre entre la humanidad, así como el nacimiento y destrucción de las
estrellas son fenómenos que están fuera de la voluntad de Dios. En este mundo
las personas no actúan siquiera a su libre albedrío sino a capricho y a la
medida de sus gustos e intereses. Pero a Dios no le interesa lo que el hombre
hace en este planeta, ni tampoco requiere de adoraciones para conservarnos. Los
seres vivos somos creación secundaria de Dios, es decir, no somos el objetivo
creador del ente divino sino somos derivación de la materia universal, que es
la verdadera creación de Dios.. Es como si sembraras naranjas y en las frutas
se dan gusanos, ¿cuál fue tu objetivo, las naranjas o los gusanos? El objetivo
de Dios es mantener el equilibrio estructural del universo. Todos los seres
vivos existentes en los diversos rincones del infinito universo son sólo
pequeñas y tenues manifestaciones en un insignificante grano del universo. Y
todo el tiempo ha habido estas tenues manifestaciones, no solamente en la
tierra sino también en los demás granos de la infinita creación universal. Si
un día se llegaran a cumplir los anuncios apocalípticos de la Biblia, el género
humano habría sido víctima de una fuerza destructiva proveniente de otras
civilizaciones, no de Dios.
* * *
Era la tarde. El sol se había ocultado tras el sinuoso horizonte de los cerros.
Entre las malezas y árboles se escuchaban ligeros cantos de grillos y de otros
insectos. De repente oscureció como si alguien apagara la luz del día. K, sin
decir palabras, corrió una especie de cortina y de pronto se vio un panorama
donde se veía gente arremolinada en torno a alguien que hablaba y se reía pero
que no se escuchaba sonido alguno. K me dio una palmada en la espalada y me
dijo en voz baja: “Ese es un hombre que quiere ser alcalde del pueblo”. Mira
eso –me indicó con un dedo hacia la multitud--. Rápidamente se escuchó la voz
de un hombre que ofrecía un cúmulo de bienestares para los que vivían en el
pueblo. Daba dinero y, al mismo tiempo, los exhortaba: “conmigo no se
arrepentirán, seré el mejor alcalde. Sacaré al pueblo de su atraso. En tres
años lo convertiré en un paraíso. Todos vivirán mejor”. K me miró y sonrió de
nuevo: ahora verás cómo se engañan en este pueblo, me advirtió.
K chasqueo los dedos y en forma increíble cambió la escena. Ahora veo a un
grupo de personas, entre hombres y mujeres, gritando afuera de un viejo
edificio, con muros gruesos y despintados, techo de teja, ventanas y puertas
pequeñas con protecciones metálicas en forma de rejas. A decir de K, el
edificio era el palacio popular. En voz alta pregunté a mi anfitrión que me
explicara que sucedía ahí. Él me recordó que yo era su sombra; entonces se
dirigió hacia la gente y yo comencé a percibir la agitada respiración de los
manifestantes, el olor a sudor, y sentí también que sus voces retumbaban en mis
oídos. K me comenzó a comentar que el pueblo estaba enfadado y de esa forma
externaba su inconformidad porque el alcalde que prometió construir un paraíso
ya no llegaba al palacio popular, en donde debería estar para escuchar, atender
y juntos planear para alcanzar los objetivos prometidos. Pero el alcalde
desapareció desde que fue puesto por la gente; lo buscaban y nunca lo
encontraban. Lo grave de todo –agregó K- es que el agraciado por la confianza
del pueblo huyó con una enorme cantidad de dinero aportada por los vecinos de
la localidad.
Le inquirí por qué había hecho eso. Me explicó finalmente que ese era un hombre
embrionario. Se desarrolló físicamente pero su estado mental quedó atrapado en
el espacio interior materno. En otras palabras –dijo-, si queremos decir que
logró una liberación mental, el hombre quedó sin espíritu y sin capacidad de
inteligencia, a lo que comúnmente se le denomina enano mental. Este tipo de
personas jamás podrán entender lo que los hombres de razonamientos normales
desean, por mucho que se les explique. Este problema ha orillado a estos
hombres y mujeres a realizar un acto indebido: quemar vivo al alcalde, ya que
para ellos es necesario eliminar físicamente a entes no desarrollados
normalmente, pues consideran que son perjudiciales al avance y desarrollo
material y humano, pero sinceramente esta idea también está mal. Acto seguido
apareció otra escena en donde se veía a un hombre amarrado con gruesos mecates
en el enorme tronco de un pino plantado en las afueras del palacio popular.
Varios hombres echaron leña al pie del prisionero semiinconsciente cuyas ropas
las tenía raídas, como señal de que el hombre había sufrido fuertes golpes y
laceraciones antes de ser atado al árbol. Le rociaron un líquido y en seguida
le prendieron fuego. El hombre gritaba en medio de gigantescas llamas, mientras
que los linchadores bailaban ridículamente celebrando el triunfo del pueblo.
* * *
Aquí veremos otro ejemplo de agresividad de la gente, dijo K. Ambos nos
detuvimos en la entrada de un rústico pasillo, que daba a una casa grande hecha
de madera, en donde había varias señoras y algunos señores; las primeras
echaban tortillas y las iban cociendo sobre un comal envuelto de mucho humo; otras
atendían unas enormes cazuelas de barro también puestas sobre unas piedras y
rojizas brasas. Se escuchaba mucho bullicio por las charlas y chascarrillos de
los hombres y mujeres que conversaban alegres, departiendo ricas y blanquecinas
bebidas. A un lado de ellos, en un pequeño rincón, estaba un enorme tonel del
cual iban trasegando el líquido embriagador a unas pocas higiénicas cubetas.
En el interior de otra pieza de la casa se escuchaban reverentes rezos hechas
frente a una sagrada imagen religiosa. Era una mayordomía. Y el festejo había
motivado la invitación a familiares y amistades del mayordomo. Ahí estaban las
menoras y los menores rezando con explícita devoción, mientras que los
invitados trajinaban solícitos para atender y atenderse así mismos. Había
comida, bastante comida: mole, arroz, frijoles, carne de guajolote, tamales y
gran cantidad de cajas de otras bebidas embriagantes, así como aguardiente de
caña para los vagos y dipsómanos consuetudinarios.
Afuera, por la entrada del pasillo, donde había y platicaba mucha gente no
invitada, llegó un hombre joven, chaparro y regordete, picado ligeramente por
unas copas. Preguntó si dentro de la casa estaba el Pinoh, el mayordomo, el
anfitrión de la fiesta religiosa. Alguien le dijo que sí estaba adentro.
- Dile que lo buscan aquí, que venga el cabrón –gritó Lipe, el que lo buscaba.
Al cabo de un rato Pinoh apareció de entre el gentío que estaba curioseando en
las afueras, preguntando razones de su requerimiento. Le informaron que el
hombre que estaba a media calle lo llamaba. Se dirigió a él. Éste, sin mayores
preámbulos, simplemente le preguntó que si en verdad era él el mero gallo del
pueblo, tal como comentaban algunos, y, ni tardo ni perezoso, extrajo de entre
sus ropas un filoso cuchillo y se fue contra el alto y corpulento cuerpo del
desconcertado Pinoh, quien tenía poco tiempo de haber salido de la cárcel
acusado de homicidio.
Éste, aunque era alto y musculoso, mostró cara de asustado al ver al furioso
agresor blandiendo ágilmente la enorme hoja plateada. Miró por todos lados y se
lanzó a tomar un pedazo de cascajo de un montón de escombros que estaba ahí
para defenderse; le aventó con fuerza al hombre regordete, quien cubriéndose
con el brazo izquierdo logró con el codo desintegrar la seca argamasa. El
agredido volvió a mirar por todos lados, pero no pudo agarrar nada con qué
hacer frente al enemigo. Venciendo sus cien kilos de peso, a Pinoh no le quedó
de otra más que echar a correr ante la mirada atónita de los presentes, sin que
nadie se atreviera a auxiliarle. Lipe, envalentonado todavía más, corrió
pavoneándose detrás de su aterrorizada víctima, con el arma en alto en la mano
derecha, listo a clavarla con violencia y saña.
A pocos centímetros de herir con el cuchillo, mientras ambos corrían con toda
sus fuerzas, el agresor sintió un contundente golpe en la nuca. Era el impacto
de un proyectil pétreo que alguien lo lanzó desde atrás, Cayó instantáneamente
mareado por el dolor producido por el certero golpe, en tanto que la piedra cayó
también rodando a un lado después de rebotar contra el cuerpo de Lipe. Fue
rodeado después por varios hombres: eran los menores que poco antes se
encontraban rezando frente a la imagen religiosa. Iniciaron los golpes con
palos y patadas haciendo que la víctima poco a poco fuera perdiendo el
conocimiento. En vez de enviarlo a algún lugar para curarlo, el moribundo fue
levantado por unos policías que llegaron a pie y con toletes en mano, y lo
trasladaron a una celda que estaba en el interior del palacio popular.
* * *
Lipe, sonriente, levantó la cabeza. No entendió que estaba tendido en el suelo
frío. En su alrededor contempló fascinado a un grupo de mujeres elegantes en
cuyos brazos tenían gruesos manojos de distintas flores: claveles, gladíolas,
nubes, nardos, azucenas, rosas, gardenias. Por el gran resplandor de luces
pensó que se encontraba frente al altar de la iglesia que lo había visto por
una sola ocasión cuando fue presentado por sus padrinos para recibir las
bendiciones de la confirmación. Pero recordó que aquella mañana las flores se
hallaban inmóviles en los floreros, los cuales estaban colocados sobre el
altar, en medio de muchas luces que parpadeaban débilmente dentro de unos
vasos.
Sintió el cuerpo liviano y un viento suave que le desordenaba el cabello;
volvió a sonreír y luego sus oídos percibieron un canto divino cuya naturaleza
era desconocida. Jamás en su vida lo había escuchado. Miró hacia arriba y sólo
observó un cielo oscuro cuyas nubes vagaban lentamente cual fantasmas gigantescos
que marchaban en silencio. Le parecía todo inexplicable. En su mente comenzaron
a pasar un sinnúmero de imágenes, como si una gran videocasete se estuviera
regresando con las escenas en pantalla.
Con sorpresa vio que las escenas presentaba imágenes de su infancia, inquieto,
travieso, sin querer ir a la escuela pero resuelto a trabajar en el campo, a
pesar de su edad, para ayudar a su padre que se dedicaba a trabajar, sembrando
flores y maíz. Después, alegre, contempló una escena especial: las prácticas iniciales
de sus broncas y agresiones. Desarrollaba fuerzas y músculos. En una calle
enyerbada de la zona agreste se revolcaba cuerpo a cuerpo con el Chino, cuando
él (Lipe) tenía trece años de edad. Al final de cada pelea él resultaba el
vencedor. Levantaba los brazos en señal de victoria. Era el momento de la
inmortalidad, el inicio de una vida física plena, el espacio temporal en el que
no había enfermedades y ni se acordaba de Dios; días de irreverencia, de
rebeldía, de adolescencia salvaje.
Pudo ver también el momento más bello de su vida: conocer a la niña con quien
unió su vida de inmediato. Tuvieron cuatro hijos, a quienes él no pudo darles
nada: ni amor ni sustento alimentario. El mortal alcoholismo se posesionó en él
a temprana edad. Durante toda su vida cayó en pendencias callejeras y de
cantinas. No se puede decir que trabajaba y libaba, porque trabajaba poco y la
mayor parte de su tiempo se la pasaba con supuestos amigos, con quienes
terminaba tragando alcohol en los bajos tugurios del pueblo.
Cansado de seguir con su mirada sobre las imágenes de su vida, soltó la cara
sobre el suelo para quedar dormido boca abajo. En poco tiempo y a poca
distancia se escucharon fuertes tintineos de llaves y luego el ruido del grueso
pestillo de las rejas de la fría y tufosa celda. Entraron dos celadores.
- Lipe, despierta, que ya te vas para afuera –le dijeron.
No respondió. Siguió inmóvil.
- Jefe, jefe, este desgraciado está muerto.
Horas después, del mismo día, varios familiares del difunto se presentaron en
la mugrienta oficina del alcalde, donde había basura y pedazos de papeles
oficiales, para solicitarle un esclarecimiento del deceso de Lipe. Pero el
alcalde no estaba. Regresaron al siguiente día y ocurrió lo mismo.
- Y nunca lo van a encontrar, porque en este pueblo siempre pasa lo mismo –me
susurró Kosen.